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Juan Freddy Armando
Conversaciones con la Muerte

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Juan Freddy Armando

Del Libro: "CONVERSACIONES CON LA MUERTE"
 
 
CONVERSACION CON LA MUERTE DEL OTRO.
 
1
Allá abajo dicen
que mi nombre es Jorge Luis Borges
(aunque no sé la razón,
pues si me llaman,
no respondo por él,
como ignoro si es abajo o arriba,
ya que tienen razón
de antiguo los astrónomos
en que no tiene signo
el universo,
sino una loca organización
donde el norte ignora al sur,
el este al oeste
y el resbaladizo centro
a las fantásticas orillas,
tal como la vida y la muerte,
que no tienen diferencia
sino un tránsito con dos vías
que aparentan contrarias
y se unen como cóncavo y convexo
de aquel lado del círculo)
y allá o acá
la muchedumbre humana
dice que hice una gran obra,
que soy famoso y emulable,
pero eso,
ahora en la muerte,
tiene para mí tan poca importancia
como la tuvo en vida,
porque nunca he comparado mi grandeza
con la de los hombres
pues entonces
se desparrama el concepto
en la fangosa tierra del espíritu.
 
2
Lo que me interesó de niño
fue compararme con los dioses,
hasta que supe de ellos
y encontré en los libros el chisme de su grandeza,
y empecé a preguntarme
si, tal como con los hombres,
valía la pena compararse con los dioses.
Si Apolo es bello pero es homosexual,
si Hermes es ladrón,
Vulcano cojo y feo,
Palas Atenea, sabia pero sin sexo,
Afrodita con sexo y sin cabeza,
si Zeus aplastó a padre y hermanos,
y junto a Yahvé, Amón y Krishna,
han violado a mancebos, vírgenes,
gopis, huríes, sacerdotisas
y son padres de niños incestuosos y bastardos.
 
3
Si Dangbé tiene la virtud de ser negro
y la disvirtud de arrastrarse en el lodo,
si de Zandor no sirven ni el nombre ni los hechos,
si los dioses druidas tienen el encanto de pequeños
y el desencanto de ponerle agujas
al hielo que irá a la boca de las niñas
que piden limosna al frío.
 
4
Si Osiris e Isis tienen hermosos nombres y figuras
pero son maridos y hermanos
y hermanados
engendraron a Horus,
el odioso niño del olimpo de Egipto.
 
5
Si el dios de Moctezuma era tan torpe
que confundió su figura con la del matador
que a matar a caballo trajo el barco.
 
6
Si el dios de Africa antigua
se alimenta de sangre,
si el Mitra de los persas
odiaba tanto que a sí mismo se incendiaba,
y el de Mahoma regala la esclavitud de las mujeres
como paraíso de los hombres.
 
7
Si a Cristo lo envió un dios infanticida
que lo sirvió a la muerte
en vez de suicidarse él mismo
por haber hecho imperfecto el universo.
 
8
En fin, ví que los dioses eran tan tontamente dioses
que desprecié ser dios lo mismo que ser hombre.
 
9
Y ahora en esta tumba ginebrina
sé que son mucho más pequeños
que el chisme que de ellos
cuenta el libro sagrado,
y menos quiero identificarme con su nada,
pues no logran levantar mi carne ni mi espíritu.
 
10
Hace rato, al principio del poema,
quería salir del cementerio y estar junto a los ángeles
(ya que mi cuerpo
no tiene condiciones
para volver a ser hombre,
ni yo quiero,
y ya mi alma
-bastón que lo guiara-
ha huido a no sé dónde
para no sufrir el olor
de lo que tanto quiso)
pero acabo de mirar a todas partes
y ver que mi esencia no tiene ya lugar,
y que ser dios y ser hombre y ser nada
es lo mismo.
 
 
 
 
UNA VOZ ESTÁ SOLA.
 
En el surco del disco
hay una voz que pierde su perfume,
una idea musical
entra en descomposición
en un cementerio de Bahía,
hay una serpiente cascabel
que no reguila,
se mueren de hambre
los micrófonos
y una honda desesperación
llena de soledad los canales de la Philips International.
 
Hay unos senos y gluteos
que ya no pueden darles música a los ojos
ni jugar a escondidas con la luz,
unos cabellos que no pueden mecerse
porque el viento les teme,
unos labios que no pueden amarrarnos
con la soga de su voz.
 
Hay una inflexión musical
caída en la locura.
 
Hay tonos,
notas,
melodías,
compases,
armonías,
instrumentos,
audífonos,
una pista sonora
que recorren el mundo
buscando a una mulata
de 5 pies 5 pulgadas de estatura,
36 años
y un magnético campo en la garganta.
 
Y en este instante
en mi cuarto hay una voz
que se ha quedado sola,
colgando del aparato,
hay la sombra de un grito
que intenta engañarme los oídos
pretendiendo ser Ellís Regina.
 
 
 
ELEGIA BLACK.
 
A Carolina, que también lo lloró.
 
Tanto que creíamos amar el cuerpo de Blacky,
y es mentira.
Lo aborrecíamos en cada caricia,
lo despreciábamos en risa
cuando sus ojos nos vaciaban su animálica ternura,
prisionero del cristal o de las rejas,
y bailábamos la mano haciendo gracia a su cariño.
Despreciábamos su cuerpo sin saberlo,
sin saber que el amor era hacia el alma.
Ahora que tiramos su cuerpo a la  basura lo sabemos:
aunque adoráramos su pelo negro
cuando convertíamos en agua y jabón
y champú el pedazo de amor que a su cuerpo asignamos.
 
En esta hora cadáver lo sabemos.
Despreciábamos su cuerpo en favor de su alma.
Por eso al verlo quedarse en mitad del salto
sobre el sordo hierro que no lo dejó ir al campo de batalla,
a debatirse en duelo con el otro perro
que viniera a dividir el amor que nos tenía.
 
En esta hora cadáver lo sabemos,
que nuestra preferencia era su alma.
Por eso sólo queremos rumiar nuestro recuerdo,
más que por su rabo, por el alma que lo movía.
Por eso mandamos al zafacón ráudamente
su cuerpo deshabitado de alma.
 
¿Por qué amamos tanto la alegría cuando ella es ya tristeza?
¿Por qué no sonaron para Blacky estos versos
cuando podían oirlo sus oídos
que sin entenderlos sabrían que fueran suyos?
¿Por qué amamos tanto la alegría que infiel nos huye
cuando ataca el dolor?
¿Por qué despreciamos la tristeza que no nos abandona,
que como lágrima o sangre o sudor nos consuela en la herida?
 
Si es verdad, ya lo he dicho,
que lo que amábamos de Blacky era su alma,
¿por qué entonces se empecina mi memoria
en no quitar de mi vista su materia colgante,
crucificada,  botando gota a gota en rojo río su alma?
Si ya sé que su cuerpo cuelga sin su alma,
 que se fue por sus ojos, como diría Homero,
o por su boca, como Hesíodo,
¿por qué se empecinan en manar
estos versos como agua en llave rota?
 
¿Por qué sus ojos tristes no dejan de mirarme
desde el aire si no sirve de nada ya su cuerpo
que se reparten las hormigas?
¿Por qué, si ni siquiera fue mío, ni conocí su pequeñez,
ni fui su amo ni lo alimentaba
ni la fuerza de la costumbre me impuso
su alegría en ningún amanecer en que desnudo aún
me levantara y lo viera saludarme con la húmeda boca
y su lengua y su pelambre y sus patas ya viejas
me dijeran Buenos Días a su manera?
 

Contacta a Juan Freddy Armando: juanfred@tricom.net
 

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